¿Cuál es tu vaca?

Hace unos años, un hombre de negocios americano cansado de lidiar con los clientes y las difíciles condiciones de vida de la sociedad decidió ir a un monasterio en el Tíbet para aprender a vivir y descubrir los secretos de una vida próspera y feliz.

Luego de unos meses de vivir en el monasterio, de meditaciones y tareas, finalmente el gran maestro del templo llamó al hombre americano a su presencia. El hombre, muy ilusionado, después de acabar sus tareas se dirigió apresurado en busca de la sabiduría del Lama.

-. ¡Sígueme!, le dijo el maestro haciendo un gesto con la mano.

El hombre, cada vez más inquieto, no dejaba de preguntarse ¿qué es lo que querrá de mí?

Ambos estuvieron caminando toda la tarde, alejándose cada vez más y más del templo por el único camino que conducía al monasterio. Finalmente, tras una curva del camino, entre aquellas montañas llegaron a una pequeña finca con una casa de dos plantas en su interior. Estaba muy dejada, el lugar resultaba triste y desolador.

El lama se paró en mitad del camino y durante un rato no dijo nada. Hasta que de la puerta principal de la casa salió a tomar el aire la familia que vivía en ella. Aquella familia del pequeño y humilde caserío vivía en medio de un terreno baldío.

El lama les saludó desde la lejanía y tanto él como el hombre se acercaron a la finca. La familia, a pesar de ser extremadamente pobre, les recibieron con una sonrisa y les invitaron a compartir con ellos lo poco que tenían. El americano, que había sido un exitoso hombre de negocios les preguntó:

-. ¿Cómo podéis subsistir en medio de éstas montañas durante todo el año?.- y el cabeza de familia le dijo:

-. Pues tenemos una vaca con la que vamos tirando. Hacemos queso y también leche caliente fermentada que vendemos al pie de la entrada en el camino cada mañana.

El americano no salía de su asombro ¿Cómo una familia podía tirar con tan poco en esas condiciones? Y el cabeza de familia, viendo su cara de asombro continúo:

-. La vaca nos da todo lo que necesitamos, nos da leche, nos da queso, que en invierno cambiamos por otras cosas.

El Lama agradeció su hospitalidad sin hablar, moviendo sólo la cabeza y después de un rato se levantó y juntos se marcharon. Durante el camino de vuelta el hombre le comentó al maestro la impotencia y las ganas que sentía de poder ayudar de alguna manera a aquella familia. Y le preguntó cómo podría hacerlo pero el maestro no dijo nada.

Aquella misma noche, cuando el hombre de negocios se decidía a irse a su cama a dormir, el lama entró súbitamente en su habitación y le dijo:

+ Quiero que salgas esta misma noche y hagas algo por mí.

– Por supuesto, dijo el estudiante. Haré lo que sea, maestro.

+ Entonces parte ahora mismo. Mientras están dormidos, acércate a la finca del camino y trae al monasterio la vaca de esa familia. Luego, dirígete al balcón sur del patio central y empújala montaña abajo. Que se despeñe por el barranco.

El hombre no salía de su asombro

– Pero, ¿cómo voy a hacer eso? ¿Qué lección es esa que dejará a esta familia en la ruina total y una muerte segura? ¿Cómo podrán superar el próximo invierno? ¡Esa vaca es lo único que tienen para subsistir!

Pero el Lama no le dijo nada, se dio la vuelta y se fue. El hombre estuvo mucho tiempo pensando qué debía hacer, y como respetaba muchísimo al maestro, estaba cansado de vivir en la ciudad y quería encajar allí, después de pensarlo un rato salió en mitad de la noche y fue a buscar a la vaca. La pobre, acostumbrada al trato humano, no se resistió demasiado. Después de tirar de su corcel un rato, llegaron al balcón del monasterio y espantándola con fuerza consiguió que cayera por el barranco.

El americano, entre lágrimas, sintió tanta culpabilidad entonces por lo que acababa de hacer que no fue capaz de continuar allí ni un minuto más. Salió por la puerta del templo en plena noche y ya no volvió a regresar

Volvió a Estados Unidos y durante muchas noches pensó en aquella pobre vaca y en aquella pobre familia que había dejado sin sustento. Así que luego de un tiempo, después de reflotar su negocio, decidió ahorrar y regresar al Tíbet para comprarles una vaca a aquella pobre familia y mitigar su culpabilidad.

Al cabo de dos años, el americano volvió a aquel lugar perdido en las montañas, pero cuando llegó al lugar le costó reconocer la granja. Al girar en la curva del camino, donde estaba aquél caserío oscuro y lleno de agujeros rodeado de tierras abandonadas, había ahora un hermoso hostal muy bien cuidado, con jardín, un cercado y varias personas trabajando en él. Incluso tenían una pequeña charca artificial con patos nadando y un jardín floral.

Era obvio que la muerte de la vaca había sido un golpe demasiado fuerte para aquella familia, quienes seguramente habían tenido que abandonar aquel lugar y ahora, un nuevo propietario, acaudalado, se había adueñado de aquel lugar y había transformado aquella cochiquera en un hostal de lujo.

Pero el americano tenía que averiguar qué había sido de aquella pobre familia, así que se acercó al hombre que estaba sentado en la entrada de la finca. Temiendo lo peor, se le hizo un nudo en la garganta, pero tomo impulso y preguntó:

– Perdone,  yo buscaba información de los dueños de este terreno, un hombre muy cálido, amable, humilde y su familia ¿sabría usted que fue de ellos?

El hombre le miró y dijo,

+ Sí, ¡soy yo!

– No, no. Yo me refiero a la familia campesina que vivían aquí y solo tenían una vaca para vivir.

+ ¡Soy yo! ¿ya no te acuerdas de mí? porque yo si me acuerdo de ti. Eres el americano que estuvo aquí la tarde que desapareció mi vaca.

El americano no salía de su asombro, entonces aquel padre de familia le acompañó hasta la puerta del hostal y por el camino, luego de mirarlo un rato el americano cayó en la cuenta de que estaba hablando con aquel padre de familia. Aunque ya no parecía el mismo, seguía siendo aquel hombre que les brindó su hospitalidad años atrás, pero parecía incluso más joven.

+ ¡me alegro mucho de verte!

El americano lo miró y dijo:

– Hace dos años, cuando estuve aquí con el maestro, fui testigo de la profunda pobreza en la que ustedes se encontraban. ¿Qué ha ocurrido durante estos dos años para que cambiara?

El hombre le contestó:

+ Pues mire, el día después de vuestra visita, la vaca de la que habíamos vivido tantos años desapareció. Al principio lo pasamos muy mal. Sufrimos mucho, ¿de qué íbamos a vivir? y entonces tuvimos que pensar. La angustia y la desesperación ante el invierno que se acercaba nos llevó a buscarnos otra forma de ganarnos la vida. Después de mucho meditar, decidimos mudarnos todos a la parte de atrás y usar 3 de nuestras habitaciones para acoger a viajeros. Cambiamos lo que nos quedaba de queso y leche con los vecinos y compramos unos juegos de sábanas y un cartel.

El camino hacia el monasterio es largo y peligroso en invierno y muchos viajeros decidían hacer noche aquí antes de subir al templo. Con los primeros ingresos compramos el mobiliario de cocina y mi hijo comenzó a ofrecer desayunos y cenas.

Con las ganancias nos planteamos por un tiempo cultivar algodón en el resto de la parcela pero vimos que nuestra tierra no era muy buena para plantar, así que limpiamos y aramos el terreno y decidimos construir este pequeño jardín zen para los clientes. Discutimos mucho mi mujer y yo a causa de esta inversión pero un reportero se enteró de la construcción del jardín e hizo un reportaje sobre nosotros.

Ahora tenemos una clientela fija con los visitantes del templo que pasan por aquí cada año tanto en invierno como en verano. Sé que está mal decirlo, pero la verdad es que no pasa un solo día por el que no de gracias a dios por la mala suerte que sufrió nuestra vaca ¡Fue una suerte que desapareciera!”

El americano estaba estupefacto y no pudo más que esbozar una pequeña sonrisa y admirar al Maestro.

Lo cierto es que para cambiar y mejorar nuestras vidas es necesario deshacernos de nuestra vaca. El problema está en conseguir identificarla.

¿y tú, Cuál es tu vaca?

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