El Experimento de Ash. ¿Cómo nos afecta la presión social?

¿Te has preguntado alguna vez cómo funciona el conformismo?

Solomon Asch fue un psicólogo norteamericano de la Escuela Gestalt que realizó un experimento a mediados del siglo XX. Quería saber el grado de autonomía que tiene una persona y su resistencia a las presiones de grupo. ¿Somos capaces de permanecer fieles a nuestras convicciones incluso en contra de la opinión generalizada, o sólo es cuestión de tiempo que terminemos cediendo ante la presión de un grupo?.

Desde que se realizó, el Experimento de Ash sigue siendo de los estudios más representativos sobre lo que podemos llamar “efecto rebaño” o cómo la opinión de la mayoría puede hacernos cambiar de idea incluso cuando tenemos la certeza interior de llevar razón.

El experimento en sí consistió en un grupo de estudiantes universitarios a quienes se les dijo que iban a ser sometidos a una prueba de visión. Se les dió un grupo de cartas que tenían dibujada una figura vertical. Luego otras cartas con tres figuras verticales.

En la primera fase, lo que los estudiantes debían hacer era simplemente formar parejas con figuras identicas de las cartas. Tomaban la primera carta y examinaban las demás. Luego tenían que recordar cuál de las cartas del segundo grupo tenía una figura idéntica a la de la primera carta y volver a repetir el ejercicio hasta agotar todas las cartas. En esta primera fase, los estudiantes trabajaron en solitario.

El resultado de la primera fue que todos los estudiantes acertaron, ya que se trataba de un ejercicio de observación y memoria bastante simple.

En la segunda fase del experimento, los estudiantes debían formar nuevamente las parejas de cartas, de la misma forma como ya lo habían hecho. Pero esta vez no trabajaron solos, sino que tuvieron a su lado a otro grupo de personas que supuestamente también habían hecho la prueba, pero que en realidad formaban parte del grupo de investigación.

La tarea de los investigadores consistía en comentar en voz alta y desacreditar la respuesta que daban los estudiantes y sugerir que la respuesta se hallaba en otra carta presionándolos para que fallaran. Lo que Asch quería comprobar era hasta qué punto estos comentarios iban a influir en la respuesta final de quienes estaban siendo sometidos a la prueba.

Los resultados del experimento

Como Asch lo suponía, la presencia de un factor de presión de grupo hizo cambiar muchas respuestas de los estudiantes que participaron en la prueba. Aunque era evidente que muchos de ellos conocían la respuesta correcta, en cuanto escuchaban que varias personas tenían una opinión diferente, entraban en un estado de duda y titubeaban al responder.

Finalmente el 33% de los estudiantes que participaron en la prueba optaron por dar la respuesta incorrecta. Fallaban conscientemente para no entrar en controversia con la opinión de la mayoría. Del resto que acertaron hasta tres de cada cuatro estudiantes estuvieron a punto de marcar la opción incorrecta, por las mismas razones.

A partir de este famoso experimento se consagró la expresión de “conformismo social” para describir este tipo de actitudes. A las personas les aterra apartarse del rebaño. Dejan de hacer lo que piensan o sienten, simplemente para agradar a un grupo. Ese es el principio fundamental que rige el fenómeno de las “modas” y conforma el status quo del sistema. Este efecto no solo influye en la forma de vestir y de actuar sino también en la de pensar y de sentir las emociones.

Renunciamos a nuestras propias convicciones para encajar y no desentonar, creando el concepto que muchos sociólogos llaman como “muchedumbre psicológica”

¿Pero, por qué nos comportamos así?

El conformismo social es un sistema de defensa que dentro de un colectivo le da al individuo dos ventajas:

1) Permite eludir parte de la responsabilidad de sus actos y las consecuencias derivadas de ellos.

2) Otorga mayor sensación de seguridad, pues un grupo es más fuerte que un individuo.

Todo esto invita a la reflexión. De la misma forma que en el Experimento de Asch todo giró alrededor de unas simples cartas, en la vida real ese “ir con la corriente” puede tener consecuencias impredecibles cuando no terribles.

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