El Caballero de la Armadura Oxidada. Sexta parte: El Castillo de la Voluntad y la Osadía

Hacia el amanecer del día siguiente, el inverosímil trío llegó al último castillo. Era más alto que los otros y sus muros parecían más gruesos. Confiado en que atravesaría velozmente el castillo, el caballero cruzó el puente levadizo con sus animalitos.

Cuando estaban a medio camino, se abrió de golpe la puerta y un enorme y sanguinario dragón, cubierto de relucientes escamas verdes, surgió de su interior echando fuego por la boca. Espantado, el caballero se paró en seco.

Había visto muchos dragones, pero éste no se parecía a ninguno. Era inmenso y sus llamas salían de un color azul verdoso, lo cual quería decir que el dragón tenía un alto contenido en gas butano.
El caballero fue a echar mano de su espada, pero no encontró nada. Comenzó a temblar y maldecir a Merlín. Con una voz débil e irreconocible, el caballero pidió ayuda al mago, pero para su desesperación, Merlín no apareció.

-¿Por qué no viene? -.Preguntó ansiosamente, al tiempo que esquivaba una llamarada azul del monstruo.

+No lo sé -.Replicó Ardilla.- Normalmente se puede contar con él.

Rebeca, sentada sobre el hombro del caballero, ladeó la cabeza y escuchó con atención.

+Por lo que he podido entender, Merlín está en París, asistiendo a una conferencia sobre magos.

“No me puede abandonar ahora”, pensó para sí mismo el caballero. “Me prometió que no habría dragones en el Sendero de la Verdad”.

+¡Ja ja ja, se refería a dragones comunes y corrientes! -.Rugió el monstruo, con una voz que hizo temblar los árboles y que por poco tira a Rebeca del hombro del caballero.

La situación era seria. Un dragón que podía leer las mentes era definitivamente lo peor que se podía esperar pero, de alguna manera, el caballero logró dejar de temblar. Con la voz más firme y fuerte que pudo, le gritó:

-¡Fuera de mi camino, lagarto llameante! -. La bestia bufó lanzando llamas en todas direcciones

+¡Ja ja ja, muy atrevido, muchacho!

El caballero no sabía qué más hacer, salvo tratar de ganar tiempo.- ¿Qué haces en el Castillo de la voluntad y la Osadía? -.Le preguntó.

+¿A caso hay algún sitio mejor en el que pueda vivir? Soy el Dragón del Miedo y la Duda.

El caballero reconoció que el nombre era muy acertado. Pues Miedo y Duda era exactamente lo que sentía. El dragón volvió a vociferar:

+¡Estoy aquí para acabar con todos los listillos que piensan que pueden derrotar a cualquiera, simplemente porque han pasado por el Castillo del Conocimiento!.

Rebeca susurró al oído del caballero.- Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al Dragón del Miedo y la Duda.

-¿Y tú lo crees? -.Susurró al caballero.

+Sí -. Afirmó Rebeca con firmeza.

¡Pues, entonces, encárgate tú de ese lanzallamas verde! -.El caballero dio media vuelta y cruzó el puente levadizo corriendo en retirada.

+¡Jo, jo, jo! -.Rio el dragón, y con su último “jo” casi quema los pantalones del caballero

+¿Ya os retiráis, después de haber llegado tan lejos? -.preguntó Ardilla, mientras el caballero se sacudía las chispas de la espalda.

-No lo sé -.Replicó él.- he llegado a habituarme a ciertos lujos, como vivir -.Entonces Sam intervino:

+¿Cómo te soportas si no tienes la voluntad y la osadía de poner a prueba el conocimiento que tienes de ti mismo?

-¿Tú también crees que puedo derrotar a éste dragón con el conocimiento que tengo de mi mismo? -.Preguntó el caballero.

+¡Por supuesto! El conocimiento de uno mismo es la pluma de la verdad y ya sabes lo que dicen “la pluma es más fuerte que la espada”.

-Ya sé que eso es lo que dicen, pero ¿hay alguien que lo haya probado y haya sobrevivido? -.Preguntó sutilmente el caballero.

Tan pronto como acabó de pronunciar estas palabras, el caballero recordó que no necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. El dragón no debía de ser más que una ilusión. El caballero dirigió ahora su mirada a través del puente, hacia donde se encontraba el monstruo, que se encontraba ahora lanzando fuego hacia unos arbustos, por lo visto para no perder la práctica. Con el pensamiento de que el dragón sólo existía en su cabeza, el caballero inspiró aire profundamente y, con lentitud, volvió a atravesar el puente levadizo.

El dragón, por supuesto, fue a su encuentro, bufando y echando fuego. Esta vez, sin embargo, el caballero siguió adelante. Pero el coraje del caballero no tardó en comenzar a derretirse, al igual que su barba, con el calor de las llamaradas del dragón. Con un grito de temor y angustia, dio media vuelta y salió corriendo.

El dragón dejó escapar una poderosa carcajada y disparó un chorro de fuego ardiente contra el caballero en retirada. Con un aullido de dolor, el caballero atravesó el puente ligero como una bala, con Rebeca y Ardilla tras él. Al divisar un pequeño arroyo, sumergió rápidamente su chamuscado trasero en agua fresca, sofocando el calor de las llamas en el acto.

Ardilla y Rebeca intentaron consolarlo desde la orilla.

+Habéis sido muy valiente.- dijo Ardilla.

+No está mal por tratarse del primer intento.- añadió Rebeca.

Sorprendido, el caballero la miró desde donde estaba.- ¿Cómo que el primer intento?

Ardilla le respondió con toda naturalidad.- Tendréis más suerte la próxima vez.

El caballero respondió enfadado.- Tú irás la próxima vez.

+Recordad que el dragón sólo es una ilusión.- dijo Rebeca.

Sorprendido, el caballero la miró desde donde estaba señalando su trasero.

-¿Esto lo hace una ilusión?

+En efecto.- respondió Rebeca -.Incluso el fuego no es más que una ilusión.

-Entonces, ¿Cómo es que estoy sentado en este arroyo con el trasero quemado?

+Porque vos mismo hicisteis que el fuego fuese real, le dais el poder de quemar vuestro trasero o de cualquier otra cosa.- dijo Ardilla.

+Tienen razón -.corroboró Sam.- Debes regresar y enfrentarte al dragón de una vez por todas.

El caballero se sintió acorralado. Eran tres contra uno. O, mejor dicho, dos y medio contra uno: la mitad Sam del caballero estaba de acuerdo con Ardilla y Rebeca, mientras que la otra mitad del caballero quería permanecer en el arroyo. Cuando se encontraba luchando contra un coraje que flaqueaba, oyó a Sam decir:

+”Dios le dio coraje al hombre. El hombre le da coraje a Dios”.

-La verdad, estoy harto de intentar comprender el significado de las cosas. Prefiero quedarme sentado en este arroyo y descansar.

+Mira -.Sam lo animó.- si te enfrentas al dragón, hay una posibilidad de que lo venzas, pero si no te enfrentas a él, es seguro que perderás.

-Vaya las decisiones son fáciles cuando sólo hay una alternativa ¿eh? -.dijo el caballero. Se puso en pie de mala gana, inspiró profundamente y cruzó el puente levadizo una última vez. EL dragón lo miró incrédulo. Era un tipo verdaderamente terco.

+¡Ja, ja, ja! ¿Otra vez? -.bufó.- bueno, esta vez si que te pienso incinerar.

Pero esta vez el caballero que marchaba hacia el dragón era otro; uno que cantaba una y otra vez: “el miedo y la duda son solo ilusiones”.

El dragón lanzó gigantescas llamaradas contra el caballero una y otra vez pero, por más que lo intentaba, no lograba hacerlo arder. A medida que el caballero se iba acercando, el dragón se iba haciendo cada vez más pequeño, hasta que alcanzo el tamaño propio de una rana. Una vez extinguida su llama, el dragón comenzó a lanzar semillas. Estas semillas (las semillas de la duda) tampoco lograron detener al caballero. El dragón se iba haciendo aún más pequeño a medida que continuaba avanzando con determinación.

-¡He vencido! -.exclamó el caballero victorioso.- El dragón apenas podía hablar.

+Quizás esta vez, pero regresaré una y otra vez para bloquear tu camino -.Dicho esto, desapareció con una explosión de humo azul.

-¡Regresa siempre que quieras! -.Le gritó el caballero.- Cada vez que lo hagas, yo seré más fuerte y tú más débil.

Rebeca voló y aterrizó en el hombro del caballero.

+Lo veis, yo tenía razón. El conocimiento de uno mismo puede matar al Dragón del Miedo y la Duda.

-Si realmente creías que era así, ¿Por qué no me acompañaste cuando me acerqué al dragón la primera vez? -.Preguntó el caballero, que ya no se sentía inferior a su emplumada amiga.

Rebeca mulló sus plumas.- No quería interferir, era vuestro viaje.

Divertido, el caballero estiró el brazo para abrir la puerta del castillo, pero ¡El castillo de la Voluntad y la Osadía había desaparecido! Sam le explicó:

+No tienes que aprender sobre la voluntad y la Osadía porque acabas de demostrar que ya las posees.

El caballero echó la cabeza hacia atrás, riendo de pura alegría. Podía ver la cima de la montaña. El sendero parecía aún más empinado que antes, pero no importaba. Sabía que ya nada le podía detener.

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