Están hechos de carne

—Están hechos de carne.
+¿De carne?
—Carne. Están hechos de carne.
+¿Cómo que de carne?
—No cabe la menor duda. Recogimos muestras de diferentes partes del planeta, las llevamos a bordo de nuestra nave de reconocimiento y les hicimos todas las pruebas posibles. Están totalmente hechos de carne.
+¡Eso es imposible! ¿Qué hay de las señales de radio? ¿De sus mensajes a las estrellas?
—Usan las ondas de radio para comunicarse, pero no son ellos quienes emiten las señales. Las emiten máquinas.
+Entonces, ¿Quiénes hicieron las máquinas? Es con ellos con quienes tenemos que contactar.
—Ellos hicieron las máquinas. Eso es lo que estoy tratando de decirte. La carne hizo las máquinas.
+Eso es ridículo. ¿Cómo es posible que la carne haga una máquina? Me estás pidiendo que crea en carne inteligente.
—No te lo estoy pidiendo, te lo estoy diciendo. Estas criaturas son la única especie inteligente de este sector, y están hechas de carne.
+Quizás sean una forma de vida inteligente que se aprovecha de una criatura basada en el carbono en una fase primitiva, de carne.
—No. Nacen carne y mueren como carne. Los hemos estudiado a lo largo de varios de sus ciclos vitales, lo que no nos llevó mucho tiempo. ¿Tienes idea de lo que dura el ciclo vital de la carne?
+Ahórrame los detalles. De acuerdo, quizá sean sólo parcialmente de carne. Una cabeza de carne con un cerebro de plasma con electrones dentro…
—No. Pensamos en ello, pero ya te lo dije, los analizamos. Son carne y sólo carne.
+¿Sin cerebro?
—Oh, sí, tienen cerebro. ¡Lo que ocurre es que el cerebro está hecho de carne! Eso es lo que estoy tratando de decirte.
+Entonces, ¿qué parte es la que piensa?
—No estás entendiendo, ¿verdad? Te niegas a aceptar lo que te estoy diciendo. El cerebro es lo que piensa. La carne.
+¡Carne que piensa! ¡Me estás pidiendo que crea en carne que piensa!
—¡Sí, carne pensante! ¡Carne consciente! que ama, que sueña… La carne lo es todo por aquí. ¿Empiezas a entenderlo, o tengo que volver a explicártelo desde el principio?
+Así que hablas en serio, están hechos de carne.
—¡Gracias!. Por fin. Sí. Están, efectivamente, hechos de carne. Y llevan casi cien años intentando contactar con nosotros.
+Oh, Dios mío. ¿Y qué es lo que ésta carne tiene en mente?
–En primer lugar, quiere hablar con nosotros. Luego, supongo, quiere explorar el Universo, contactar con otros seres, intercambiar sus opiniones, ideas y algo de información. Lo normal.
+Y se supone que tenemos que hablar con carne.
—Ésa es la idea. Ése es el mensaje que están emitiendo por radio. «¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien en casa…?» Ese tipo de cosas.
+Entonces hablan. ¿Usan palabras, ideas, conceptos…?
—Oh, sí. Sólo que lo hacen con carne.
+Me acabas de decir que usan la radio.
—Así es. Pero, ¿qué crees que suena en la radio? Sonidos de carne. ¿Sabes cómo suena la carne cuando la golpeas o agitas? Hablan sacudiendo su carne entre ellos. Incluso pueden cantar, proyectando pequeños chorros de aire a través de su carne.
+Oh, Dios. Carne que canta. Esto es demasiado. ¿Y tú qué aconsejas?
—¿Oficial o extraoficialmente?
+Ambas.
—Oficialmente, bueno estamos obligados a contactar, ¡ya sabes! saludar y registrar todas y cada una de las especies inteligentes o seres del Universo, sin prejuicios, miedo ni favor.
+Ya, ¿Y extraoficialmente?
—Extraoficialmente, recomiendo que borremos todos los registros y nos olvidemos de este asunto.
+Esperaba que dijeras eso.
—Puede que suene duro, pero ha de haber un límite. ¿Realmente queremos contactar con carne?
+Estoy de acuerdo al ciento por cien. ¿y qué les vamos a decir? «¡Hola, carne! ¿Cómo va eso?» Pero, ¿funcionará? ¿De cuántos planetas estamos hablando?
—Sólo uno. Pueden viajar a otros planetas en contenedores especiales de carne, pero no pueden vivir en ellos. Y, al ser carne, sólo pueden viajar a través del espacio C, lo que limita su movimiento a la velocidad de la luz y reduce drásticamente sus posibilidades de contactar con otros seres.
+Así que fingimos que no hay nadie en casa y punto.
—Eso es.
+Cruel. Pero tú mismo lo has dicho, ¿quién quiere conocer carnes? Y, ¿qué hay de los que están a bordo de nuestras naves, con los que investigaste? ¿Estás seguro de que no nos recordarán?
—Se les tomará por locos si lo hacen. Intervenimos sus mentes y rebajamos su carne de manera que para ellos somos sólo un sueño.
+¡Un sueño para la carne! Qué extrañamente apropiado.
—Y ya hemos designado todo el sector como desocupado.
+Fantástico. Acordado entonces, oficial y extraoficialmente. Caso cerrado. Bien, ¿Algún otro? ¿Alguien interesante en esa parte de la galaxia?
—Sí, una tímida pero encantadora inteligencia de racimo con núcleo de hidrógeno en una estrella en el cuadrante G445. Estuvo en contacto con nosotros hace dos rotaciones galácticas y quiere ser nuestra amiga de nuevo.
+¡Ah! siempre terminan regresando.
—¿Y quién no? Imagina qué insoportable, qué inefablemente frío sería el Universo si estuviéramos solos…
Terry Bisson

 

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La teoría del Cangrejo

¿No os ha pasado alguna vez que cuando por fin te decides a emprender o cumplir algún sueño y te encuentras lleno de motivación, de repente aparecen personas que con terribles comentarios y hasta insultos se esfuerzan por hacer que abandonemos nuestros sueños?

Incluso cuando la persona está llena de confianza y seguridad en si misma aparecen, no de forma directa, sino disfrazados de preocupados consejos argumentos que tratan de arruinarnos -.¿estás seguro de eso? “Si yo fuera tú me andaría con cuidado”, “no tienes la edad, la forma física o la formación necesaria”

Todas esas personas no quieren que tú abandones la zona segura de confort sólo porque ellos no pueden o no quieren hacerlo.

Es como un barreño lleno de cangrejos. La teoría del cangrejo dice que éste podría salir sólo sin problemas, pero si el balde se encuentra lleno de otros cangrejos, éstos lo retienen tratando de evitar que salga. Yo no quería creerlo hasta que lo ví con mis propios ojos.

Cuando vives en un entorno tienes que andarte siempre con cuidado, porque serán tus propios compañeros, tus propios vecinos, amigos, familia y pareja los primeros que cuando vayas a tomar una decisión dificil pero necesaria, van a tirar de ti para que permanezcas sumergido en el barreño.

Y lo mismo pasa con la política o los sectores públicos y privados. Cuando quieras emprender, toda esa administración corrupta, esa maquinaria del aparato del estado envilecida e inoperante hará lo imposible por destrozar cualquier intento de hacer que España o cualquier español sea grande: cultural, social o económicamente. Ya sea a través de nuevos proyectos sociales o con iniciativas privadas siempre tropezarán con la maraña que Walt Whitman llamaba “el ejército de los desleales” y que se apoya en la muleta de la ignorancia. Los inseguros, los incultos siempre tratarán de impedir que cualquiera o cualquier cosa salga adelante.

Está en la miserable condición humana. Así que cuando te sientas como un cangrejo más dentro de un balde recuerda estas tres cosas:

1. Que los mediocres nunca salen del barreño.

2. Que sólo el más fuerte trepa y sobrevive.

3. Que nadie es más que nadie como para hacerte disentir.

Dejemos de discutir lo que debe ser un hombre bueno… y procuremos serlo

La vida no es sino un río de cosas que pasan y se pierden. Veo una cosa por un instante, y ya pasó; y otras y otras pasarán… Pronto me llegará la orden: -Te has embarcado; has navegado; has llegado; desembarca

El objeto de la vida no es estar en el lado de la mayoría, sino escapar para encontrarnos a nosotros mismos en las filas de los locos. Hay una tendencia en nosotros a querer ser uno más. A asustarnos cuando caminamos en contra de todos. Sin embargo, es más importante ser capaz de reflexionar, alejarnos de la locura de las multitudes y conseguir ser nosotros mismos a pesar de lo difícil que sea separarse de la corriente.

Por eso, es preciso que a partir de este momento te des cuenta de qué mundo eres parte y comprenderás que tu vida está circunscrita a un período de tiempo limitado. Caso de que no aproveches esta oportunidad para serenarte, pasará, y tú también pasarás, y ya no habrá otra ocasión.

Te liberarás, si ejecutas cada acción como si se tratara de la última, desprovista de toda irreflexión, de toda aversión apasionada que te aleje del dominio de la razón, de toda hipocresía, egoísmo y despecho en lo relacionado con el destino.

Pues hemos nacido para colaborar; al igual que los pies, las manos, los párpados o las hileras de dientes: superiores e inferiores. Obrar, pues, como enemigos los unos de los otros es contrario a la naturaleza.

.- Marco Aurelio – El Emperador de Roma Español.

La Princesa que buscaba un marido

Había una vez una hermosa princesa que no encontraba esposo digno de ella, pues ninguno la amaba de verdad. Aterrada por la idea de un matrimonio concertado o de conveniencia, buscó en los archivos del reino hasta encontrar una antigua ley para escoger marido. Podría elegir personalmente a un sólo hombre, entre aquellos que fueran capaces de estar 365 días sin separar la mano del muro de palacio.

A realizar tal hazaña, fueron miles de pretendientes. Pues todos ellos se imaginaban sentados al trono, con la corona en la cabeza y la princesa del brazo. Con los primeros fríos del año la mitad no soportaron y se fueron. Cuando en verano llegó el calor la mitad de la otra mitad se levantó. Más tarde, empezaron a desgastarse los cojines y a roerse las túnicas y el resto abandonaron.

Habían empezado a primeros de enero y para cuando llegó diciembre y regresó el frío solamente quedaba un joven. Todos los demás se habían ido; cansados, aburridos… pensando que ningún amor valía tanto la pena. Solamente éste joven, que había adorado a la princesa en secreto desde niño, permanecía allí: anclado en la pared, esperando pacientemente que pasaran, cuanto antes, los 365 días.

La princesa, que había despreciado a todos, cuando vio la determinación de este muchacho empezó a observarlo y a pensar: ‘quizás este chico me quiera de verdad’. Ya lo había visto en Octubre, en Noviembre había pasado frente a él y en Diciembre, disfrazada de campesina, fue a dejarle agua y comida. Pudo mirarle entonces a los ojos y darse cuenta que su mirada era sincera.

Entonces, en vísperas de Navidad, le dijo a su padre rey:

-Padre, creo que finalmente vas a tener un casamiento, y que por fin vas a tener nietos, pues éste es el muchacho que de verdad me quiere.

El rey se puso tan contento que comenzó a prepararlo todo: la ceremonia, el banquete e incluso llevado por la emoción, le hizo saber al joven a través de la guardia que el primero de Enero lo esperaban en el palacio para hablar con él.

Todo estaba preparado y el pueblo, contento, esperaba ansiosamente al primero de Enero. Pero el 31 de Diciembre, a falta de una sola noche, el joven se levantó, apartó su mano del muro y se marchó a casa.

Cuando le vieron regresar, su madre le preguntó:

– Hijo mío, querías tanto a la princesa desde siempre, derrotaste al resto de oponentes, estuviste allí echado contra el suelo 364 frías y calurosas noches y el último día te fuiste. ¿Qué pasó?, ¿Es que no pudiste aguantar más?

Y el hijo le contestó:

– No es por eso. Me enteré que me había visto, me enteré que me había elegido, me enteré que le había dicho a su padre que se quería a casar conmigo y, a pesar de todo eso, no fue capaz de evitarme una sola noche de dolor. Alguien que no es capaz de evitarte una noche de sufrimiento no merece mi Amor, ¿verdad madre?

“Cuándo estás en una relación y te das cuenta que pudiendo evitarte una mínima parte de sufrimiento la otra persona no lo hace, sabes que todo ha terminado” Jorge Bucay

El Mago y el Rey

Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo, él necesitaba además que todos lo admiraran por ser poderoso. Contaba con un montón de cortesanos y sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él era el más poderoso del reino. Invariablemente todos le decían lo mismo:

+Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que nadie posee: él conoce el futuro -.

En aquel tiempo, alquimistas, filósofos, pensadores, religiosos y místicos eran llamados, genéricamente “magos”.

El rey estaba muy celoso del mago del reino, pues aquel no sólo tenía fama de ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo amaba, lo admiraba y festejaba que viviera allí. No decían lo mismo del rey. Quizás porque necesitaba demostrar que era quien mandaba, el rey no era justo, ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.

Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan: Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después, durante la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de los cortesanos le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado, tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando y perdiendo la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir.

Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo delante de todo el mundo. Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en su predicción. Así se acabaría, en una sola noche la disputa entre El mago y el Rey.

Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto el día del festejo llegó. Después de la gran cena el rey hizo pasar al mago al centro de la sala de actos y ante el silencio de todos le preguntó:

-¿Decidme, es cierto que podéis leer el futuro?

+Un poco – dijo el mago.

-¿Y puedes leer tu propio futuro, preguntó el rey?

+Un poco, sí – dijo el mago.

-Entonces quiero que me deis una prueba -.Dijo el rey.- ¿Qué día morirás?. ¿Cuál es la fecha de tu muerte?

El mago sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.

-¿Qué pasa mago? – dijo el rey sonriente -¿Es que no lo sabes?… ¿no es cierto que puedes ver el futuro?

+No, no es eso – dijo el mago – pero lo que sé, no me animo a decírtelo.

-¿Cómo que no te animas? -.Dijo el rey.- Yo soy tu soberano y te ordeno que me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino, saber cuando perdemos a sus personajes más eminentes. Contéstame pues, ¿cuándo morirá el mago del reino?

Luego de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:

+No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago del reino morirá exactamente un día antes que el rey…

Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un fuerte murmullo corrió entre los invitados. El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las adivinaciones, pero lo cierto es que después de esa predicción no se animaba a matar al mago. Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Se dio cuenta de que se había equivocado. Su odio había sido el peor consejero.

+Alteza, os habéis puesto pálido. ¿Qué sucede? – preguntó el invitado.

-Me siento mal -.contestó el monarca.– voy a retirarme a mi cuarto, te agradezco que hayas venido.

Y con un gesto confuso giró, en silencio, y caminó hacia sus aposentos. ¿Habría leído su mente? La predicción no podía ser cierta. Pero… ¿Y si lo fuera?.

Estaba aturdido. Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al mago camino de su casa. El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:

-Mago, eres famoso en el reino por tu gran sabiduría, te ruego que pases esta noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas díficiles decisiones reales.

+¡Majestad, Será un gran honor! –.Dijo el invitado con una reverencia.

El rey dio órdenes a su guardia personal para que acompañaran al mago hasta la habitación de huéspedes del palacio y para que custodiasen su puerta, asegurándose de que nada le pasara. Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si al mago le hubiera caído mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si, simplemente, le hubiera llegado su hora. Bien temprano en la mañana, el rey golpeó fuertemente la habitación de su invitado.

Él nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, pero esta vez, en cuánto el mago lo recibió, le hizo la pregunta… necesitaba cualquier excusa. Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa. El rey, casi sin escuchar la respuesta alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, supuestamente, para “consultarle” sobre otro asunto. obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que nada le pasara. El mago, que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados, aceptó.

Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta la habitación del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente. No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en cada una de las decisiones que tomaba.

Pasaron los meses y luego los años. Y como es natural, el estar cerca del que sabe, vuelve al que no sabe, sabio. Así fue que el rey, poco a poco, se fue volviendo más sabio y más justo. Ya no era déspota ni autoritario. Dejó de necesitar inflinjir dolor para sentirse poderoso, y con el tiempo dejó también de necesitar demostrar su poder. Empezó a aprender que la humildad también podía ser ventajosa y empezó a reinar de una manera más sabia y bondadosa. Y sucedió que su pueblo empezó a quererlo como nunca lo había querido antes.

El rey ya no iba a ver al mago para indagar por su salud, iba realmente para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar, porque el rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos. Un día, a más de cuatro años de aquella cena, y sin motivo, el rey recordó. Recordó aquel plan que alguna vez urdió para matar al que fuera entonces su más odiado enemigo y sé dio cuenta que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un hipócrita. El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y apenas entró le dijo:

-Hermano, tengo algo que contarte que me oprime el pecho.

+Dime –.Dijo el mago.– y alivia tu corazón.

-Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte con cualquier cosa que me dijeras, porque quería que tu muerte inesperada desmitificara para siempre tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban a tí en lugar de a mi y ahora me siento avergonzado. Aquella noche no me atreví a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigos, hermanos, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese hecho. Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia. Necesitaba decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin ocultamientos -.El mago lo miró y le dijo:

+Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero de todas maneras, me alegra, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y posaste tu mano sobre la empuñadura de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta ser adivino para darse cuenta de lo que planeabas hacer -.El mago sonrió y puso su mano en el hombro del rey.– Como justo pago a tu sinceridad, debo decirte que yo también te mentí. Te confieso hoy que inventé esa absurda historia de mi muerte un día antes que la tuya para darte una lección que hoy ya estás en condiciones de aprender, quizás la más importante que yo te haya enseñado nunca.

Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles y sin embargo, si nos damos tiempo, terminaremos dándonos cuenta de lo mucho que nos costaría vivir sin éstas cosas que en un momento rechazamos.

Tu muerte, querido amigo, llegará justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía, son nuestras vidas las que se han ligado a una mentira.

El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que sentían. Cuenta la leyenda que misteriosamente esa misma noche el mago murió de vejez mientras dormía. El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente y se sintió desolado. No estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en el mundo. Estaba triste, simplemente por la muerte de su amigo.

¿Quién se ha llevado mi queso?

Una fábula para afrontar la crisis y los cambios.

I

Erase una vez, hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivían cuatro pequeños personajes que recorrían un laberinto buscando el queso que los alimentara y los hiciera sentirse felices.

Dos de ellos eran ratones y se llamaban “Fisgón” y “Escurridizo”, y los otros dos eran liliputienses, seres tan pequeños como los ratones, pero cuyo aspecto y forma de actuar se parecía mucho a los humanos. Se llamaban “Hem” y “Haw”.

Debido a su pequeño tamaño, sería fácil no darse cuenta de lo que estaban haciendo los cuatro. Pero si se miraba con la suficiente atención, se descubrían las cosas más extraordinarias.
Cada día, los ratones y los liliputienses dedicaban el tiempo en el laberinto a buscar su propio queso especial.

Los ratones, Fisgón y Escurridizo, que sólo poseían simples cerebros de roedores, pero muy buen instinto, buscaban un queso seco y duro de roer, como suelen hacer los ratones.
Los dos liliputienses, Hem y Haw, utilizaban su cerebro, repleto de convicciones y emociones, para buscar una clase muy diferente de Queso, con mayúscula, que estaban convencidos los haría sentirse felices y alcanzar el éxito.

Por muy diferentes que fuesen los ratones y los liliputienses, tenían algo en común: cada mañana, se colocaban sus atuendos y sus zapatillas de correr, abandonaban sus diminutas casas y se ponían a correr por el laberinto en busca de su queso favorito.

El laberinto estaba compuesto por pasillos y cámaras, algunas de las cuales contenían un queso delicioso. Pero también había rincones oscuros y callejones sin salida que no conducían a ninguna parte. Era un lugar donde cualquiera podía perderse con suma facilidad. No obstante, el laberinto contenía secretos que permitían disfrutar de una vida mejor a los que supieran encontrar su camino.

Los ratones, Fisgón y Escurridizo, utilizaban el sencillo método de tanteo para encontrar el queso. Recorrían un pasadizo y, si lo encontraban vacío, se daban media vuelta y recorrían otro. Recordaban los pasadizos donde no había queso y, de ese modo, pronto empezaron a explorar nuevas zonas. Fisgón utilizaba su magnífica nariz para husmear la dirección general de donde procedía el olor del queso, mientras que Escurridizo se lanzaba hacia delante. Se perdieron más de una vez, como no podía ser de otro modo; seguían direcciones equivocadas y a menudo tropezaban con las paredes. Pero al cabo de un tiempo encontraban el camino.

Al igual que los ratones, Hem y Haw, los dos liliputienses, también utilizaban su capacidad para pensar y aprender de experiencias del pasado. No obstante, se fiaban de su complejo cerebro para desarrollar métodos más sofisticados de encontrar el Queso. A veces les salía bien, pero en otras ocasiones se dejaban dominar por sus poderosas convicciones y emociones humanas, que nublaban su forma de ver las cosas. Eso hacía que la vida en el laberinto fuese mucho más complicada y desafiante.

A pesar de todo, Fisgón, Escurridizo, Hem y Haw terminaron por encontrar el camino hacia lo que andaban buscando. Cada uno encontró un día su propia clase de queso al final de uno de los pasadizos, en el depósito de Queso Q.

Después de eso, los ratones y los liliputienses se ponían cada mañana sus atuendos para correr y se dirigían al depósito de Queso Q. Así, no tardaron mucho en establecer cada uno su propia rutina.

Fisgón y Escurridizo continuaron levantándose pronto cada día para recorrer el laberinto, siguiendo siempre la misma ruta. Una vez llegados a su destino, los ratones se quitaban las zapatillas de correr, las ataban juntas y se las colgaban del cuello, para poder utilizarlas de nuevo con rapidez en cuando las necesitaran. Por último, se dedicaban a disfrutar del queso.

Al principio, Hem y Haw también se apresuraban cada mañana hacia el depósito de Queso Q, para disfrutar de los jugosos nuevos bocados que los esperaban. Pero, al cabo de un tiempo, los liliputienses establecieron una rutina diferente. Hem y Haw se levantaban cada día un poco más tarde, se vestían con algo más de lentitud y, en lugar de correr, caminaban hacia el depósito de Queso Q. Después de todo, ahora ya sabían dónde estaba el Queso y cómo llegar hasta él. No tenían la menor idea de dónde provenía el Queso ni de quién lo ponía allí. Simplemente, suponían que estaría donde esperaban que estuviese. Cada mañana, en cuando llegaban al depósito de Queso Q, se instalaban cómodamente, como si estuvieran en su casa. Colgaban los atuendos de correr, se quitaban las zapatillas y se ponían las pantuflas. Ahora que habían encontrado el Queso empezaban a sentirse muy cómodos.

-Esto es fantástico –dijo Hem-. Aquí hay Queso suficiente para toda la vida.

Los liliputienses se sentían felices; tenían la sensación de haber alcanzado el éxito y creían estar seguros. Hem y Haw no tardaron en considerar que el Queso encontrado en el depósito de Queso Q era de su propiedad. Allí había tantas reservas de Queso que finalmente trasladaron sus hogares para estar más cerca y crear su vida social alrededor de ese lugar. Para sentirse todavía más cómodos, Hem y Haw decoraron las paredes con frases y hasta dibujaron imágenes del Queso a su alrededor, lo que los hacía sonreír. Una de aquellas frases decía: “Tener Queso te hace feliz”.

A veces, Hem y Haw invitaban a sus amigos para que contemplaran su montón de Queso en el depósito de Queso Q, lo mostraban con orgullo y decían: “Bonito Queso, ¿verdad?”. Algunas veces lo compartían con sus amigos. Otras veces no.

-Nos merecemos este Queso –dijo Hem, al tiempo que tomaba un trozo fresco y se lo comía-. Sin duda tuvimos que trabajar duro y durante mucho tiempo para encontrarlo.

Después de comer, Hem se quedó dormido, como solía sucederle. Cada noche, los liliputienses regresaban lentamente a casa, repletos de Queso, y cada mañana volvían a buscar más, sintiéndose muy seguros de sí mismos. Así se mantuvo la situación durante algún tiempo. Poco a poco, la seguridad que Hem y Haw tenían en sí mismos se fue convirtiendo en la arrogancia propia del éxito. Pronto se sintieron tan sumamente a gusto, que ni siquiera se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.

Por su parte, fisgón y Escurridizo continuaron con su rutina a medida que pasaba el tiempo. Cada mañana llegaban temprano, husmeaban, marcaban la zona e iban de un lado a otro del depósito de Queso Q, comprobando si se había producido algún cambio con respecto a la situación del día anterior. Luego, se sentaban tranquilamente a roer el queso.

Una mañana llegaron al depósito de Queso Q y descubrieron que no había queso. No se sorprendieron. Desde que Fisgón y Escurridizo empezaron a notar que la provisión de queso disminuía cada día que pasaba, se habían preparado para lo inevitable y supieron instintivamente qué tenían que hacer. Se miraron el uno al otro, tomaron las zapatillas de correr que llevaban atadas y convenientemente colgadas del cuello, se las pusieron en las patas y se anudaron los cordones. Los ratones no se entretuvieron en analizar demasiado las cosas.

Para ellos, tanto el problema como la respuesta eran bien simples. La situación en el depósito de Queso Q había cambiado. Así pues, Fisgón y Escurridizo decidieron cambiar. Ambos se quedaron mirando hacia el inescrutable laberinto. Luego, Fisgón levantó ligeramente la nariz, husmeó y le hizo señas a Escurridizo, que echó a correr por el laberinto siguiendo la indicación de Fisgón, seguido por éste con toda la rapidez que pudo. Muy pronto ya estaban en busca de Queso Nuevo.

II

Algo más tarde, ese mismo día, Hem y Haw llegaron al depósito de Queso Q. No habían prestado la menor atención a los pequeños cambios que se habían ido produciendo cada día, así que daban por sentado que allí encontrarían su Queso, como siempre. No estaban preparados para lo que descubrieron.

-¡Qué! ¿No hay Queso? –gritó Hem, y siguió gritando-: ¿No hay Queso? ¿No hay nada de Queso?, -como si el hecho de gritar cada vez más fuerte bastara para que reapareciese.

“¿Quién se ha llevado mi Queso? –aulló.

Finalmente, puso los brazos en jarras, con la cara enrojecida, y gritó con toda la fuerza de su voz:

-¡No hay derecho!

Haw, por su parte, se limitó a sacudir la cabeza con incredulidad. Él también estaba seguro de encontrar Queso en el depósito de Queso Q. Se quedó allí de pie durante largo rato, como petrificado por la conmoción. No estaba preparado para esto.

Hem gritaba algo, pero Haw no quería escucharlo. No quería tener que enfrentarse con esta nueva situación, así que hizo oídos sordos. El comportamiento de los liliputienses no era precisamente halagüeño ni productivo, aunque sí comprensible. Encontrar el Queso no les había resultado fácil, y para los liliputienses significaba mucho más que, simplemente, tener cada día qué comer.

Para ellos, encontrar el Queso era su forma de conseguir lo que creían necesitar para ser felices. Tenían sus propias ideas acerca de lo que el Queso significaba para ellos, dependiendo de su sabor.
Para algunos, encontrar Queso equivalía a tener cosas materiales. Para otros, significaba disfrutar de buena salud o desarrollar un sentido espiritual del bienestar.

Para Haw, por ejemplo, el Queso significaba sentirse seguro, tener algún día una familia cariñosa y vivir en una bonita casa de campo en la Vereda Cheddar. Para Hem, el Queso significaba convertirse en un Gran Quesero que mandara a muchos otros y en ser propietario de una gran casa en lo alto de Colina Camembert. Puesto que el Queso era tan importante para ellos, los dos liliputienses emplearon bastante tiempo en decidir qué hacer. Lo único que se les ocurrió fue seguir mirando por los alrededores del depósito Sin Queso, para comprobar si el Queso había desaparecido realmente.

Mientras que Fisgón y Escurridizo se habían puesto en movimiento con rapidez, Hem y Haw seguían con sus indecisiones y exclamaciones. Despotricaban y desvariaban ante la injusticia de la situación. Haw empezó a sentirse deprimido. ¿Qué ocurriría si el Queso seguía sin estar allí a la mañana siguiente? Precisamente había hecho planes para el futuro, basándose en la presencia de ese Queso.

Los liliputienses no podían creer lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo podía haber sucedido una cosa así? Nadie les había advertido de nada. No era justo. Se suponía que las cosas no debían ser así.
Hem y Haw regresaron aquella noche a sus casas hambrientos y desanimados. Pero antes de marcharse, Haw escribió en la pared: “Cuanto más importante es el Queso para tí, tanto más deseas conservarlo”

Al día siguiente, Hem y Haw abandonaron sus hogares y regresaron de nuevo al depósito Sin Queso, confiando, de algún modo, en volver a encontrar Queso. Pero la situación no había variado; el Queso ya no estaba allí. Los liliputienses no sabían qué hacer. Hem y Haw se quedaron allí, inmovilizados como dos estatuas.

Haw cerró los ojos con toda la fuerza que pudo y se cubrió las orejas con las manos. Lo único que deseaba era bloquear todo tipo de percepciones. No quería saber que la provisión de Queso había ido disminuyendo gradualmente. Estaba convencido de que había desaparecido de repente.
Hem analizó una y otra vez la situación y, finalmente, su complicado cerebro, con su enorme sistema de creencias, se afianzó en su lógica.

-¿Por qué me han hecho esto? –preguntó-. ¿Qué está pasando aquí?

Haw abrió los ojos, miró a su alrededor y dijo.- Y, a propósito, ¿dónde están Fisgón y Escurridizo? ¿Crees que ellos saben algo que nosotros no sepamos?

-¿Qué demonios podrían saber ellos? –replicó Hem con sorna-. No son más que simples ratones.

Escasamente responden a lo que sucede. Nosotros, en cambio, somos liliputienses. Somos más inteligentes que los ratones. Deberíamos poder encontrar una solución a esto.

-Sé que somos más inteligentes –asintió Haw-, pero por el momento no parece que estemos actuando como tales. Las cosas están cambiando aquí, Hem. Quizá también tengamos que cambiar nosotros y actuar de modo diferente.

¿Y por qué íbamos a tener que cambiar? –replicó Hem-. Somos liliputienses. Somos seres especiales.

Este tipo de cosas no debería habernos ocurrido a nosotros y, si nos ha sucedido, tendríamos que sacarles al menos algún beneficio.

-¿Y por qué crees que deberíamos obtener un beneficio? –preguntó Haw.

-Porque tenemos derecho a ello –afirmó Hem.

-¿Derecho a qué? –quiso saber Haw.

-Pues derecho a nuestro Queso.

-¿Por qué? –insistió Haw.

-Pues porque no fuimos nosotros los causantes de este problema –contestó Hem-. Alguien lo ha provocado, y nosotros deberíamos aprovecharnos de la situación.

-Quizá lo que debamos hacer –sugirió Haw- sea dejar de analizar tanto las cosas y ponernos a buscar algo de Queso Nuevo.

-Ah, no –exclamó Hem-. Estoy decidido a llegar hasta el fondo de este asunto.

III

Mientras Hem y Haw seguían tratando de decidir qué hacer, Fisgón y Escurridizo ya hacía tiempo que se habían puesto patas a la obra. Llegaron más lejos que nunca en los recovecos del laberinto, recorrieron nuevos pasadizos y buscaron el queso en todos los depósitos de Queso que encontraron.

No pensaban en ninguna otra cosa que no fuese encontrar Queso nuevo. No encontraron nada durante algún tiempo, hasta que finalmente llegaron a una zona del laberinto en la que nunca habían estado con anterioridad: el depósito de Queso N. Lanzaron gritos de alegría. Habían encontrado lo que estaban buscando: una gran reserva de Queso Nuevo. Apenas podían creer lo que veían sus ojos. Era la mayor provisión de queso que jamás hubieran visto los ratones.

Mientras tanto, Hem y Haw seguían en el depósito de Queso Q, evaluando su situación. Empezaban a sufrir ahora los efectos de no tener Queso. Se sentían frustrados y coléricos, y se acusaban el uno al otro por la situación en que se hallaban. De vez en cuando, Haw pensaba en sus amigos los ratones, en Fisgón y Escurridizo, y se preguntaba si acaso habrían encontrado ya algo de queso. Estaba convencido de que debían de estar pasándolo muy mal, puesto que recorrer el laberinto de un lado a otro siempre suponía un tanto de incertidumbre. Pero también sabía que, muy probablemente, esa incertidumbre no les duraría mucho.

A veces, Haw imaginaba que Fisgón y Escurridizo habían encontrado Queso Nuevo, del que ya disfrutaban. Pensó en lo bueno que sería para él emprender una aventura por el laberinto y encontrar Queso Nuevo. Casi lo saboreaba ya. Cuanto mayor era la claridad con la que veía su propia imagen descubriendo y disfrutando del Queso Nuevo, tanto más se imaginaba a sí mismo en el acto de abandonar el depósito de Queso Q.

¡Vámonos! –exclamó entonces, de repente.

-No –se apresuró a responder Hem–. Me gusta estar aquí. Es un sitio cómodo. Esto es lo que conozco. Además, salir por ahí fuera es peligroso.

-No, no lo es –le replicó Haw-. En otras ocasiones anteriores ya hemos recorrido muchas partes del laberinto y podemos hacerlo de nuevo.

-Empiezo a sentirme demasiado viejo para eso –dijo Hem-. Y creo que no me interesa la perspectiva de perderme y hacer el ridículo. ¿Acaso a ti te interesa eso?

Y, con ello, Haw volvió a experimentar el temor al fracaso y se desvaneció su esperanza de encontrar Queso Nuevo.

Así que los liliputienses siguieron haciendo cada día lo mismo que habían hecho hasta entonces. Acudían al depósito de Queso Q, no encontraban Queso alguno y regresaban a casa, cargados únicamente con sus preocupaciones y frustraciones.

Intentaron negar lo que estaba ocurriendo, pero cada noche les resultaba más difícil dormir, y al día siguiente les quedaba menos energía y se sentían más irritables. Sus hogares ya no eran los lugares acogedores y reconfortantes que habían sido en otros tiempos. Los liliputienses tenían dificultades para dormir y sufrían pesadillas por no encontrar ningún Queso. Pero Hem y Haw seguían regresando cada día al depósito de Queso Q, donde se limitaban a esperar.

¿Sabes? –dijo un día Hem-, si nos esforzásemos un poco más quizá descubriríamos que las cosas no han cambiado tanto. Probablemente, el Queso está cerca. Es posible que lo escondieran detrás de la pared.

Al día siguiente, Hem y Haw regresaron provistos de herramientas. Hem sostenía el cincel que Haw golpeaba con el martillo, hasta que, tras no poco esfuerzo, lograron abrir un agujero en la pared del depósito de Queso Q. Se asomaron al otro lado, pero no encontraron Queso alguno. Se sintieron decepcionados, pero convencidos de poder solucionar el problema. Así que, a partir de entonces, empezaron a trabajar más pronto y más duro y se quedaron hasta más tarde. Pero, al cabo de un tiempo, lo único que habían conseguido era hacer un gran agujero en la pared. Haw empezaba a comprender la diferencia entre actividad y productividad.

-Quizá debamos limitarnos a permanecer sentados aquí y ver qué sucede –sugirió Hem-. Tarde o temprano tendrán que devolver el Queso a su sitio.

Haw deseaba creerlo así, de modo que cada día regresaba a casa para descansar y luego volvía de mala gana al depósito de Queso Q, en compañía de Hem. Pero el Queso no reapareció nunca. A estas alturas, los liliputienses ya comenzaban a sentirse débiles a causa del hambre y el estrés. Haw estaba cansado de esperar, pues su situación no mejoraba lo más mínimo. Empezó a comprender que, cuanto más tiempo permanecieran sin Queso, tanto más difícil sería la situación para ellos. Haw sabía muy bien que estaban perdiendo su ventaja. Finalmente, un buen día, Haw se echó a reír de sí mismo.

-Fíjate. Seguimos haciendo lo mismo de siempre, una y otra vez, y encima nos preguntamos por qué no mejoran las cosas. Si esto no fuera tan ridículo, hasta resultaría divertido.

A Haw no le gustaba la idea de tener que lanzarse de nuevo a explorar el laberinto, porque sabía que se perdería y no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrar Queso. Pero no pudo evitar reírse de su estupidez, al comprender lo que le estaba haciendo su temor.

-¿Dónde dejamos las zapatillas de correr? –le preguntó a Hem.

Tardaron bastante en encontrarlas, porque cuando habían encontrado Queso en el depósito de Queso Q, las habían arrinconado en cualquier parte creyendo que ya no volverían a necesitarlas.
Cuando Hem vio a su amigo calzándose las zapatillas, le preguntó:

-No pensarás en serio en volver a internarte en ese laberinto, ¿verdad? ¿Por qué no te limitas a esperar aquí conmigo hasta que nos devuelvan el Queso?

-Veo que no entiendes nada –contestó Haw-. Yo tampoco quise verlo así, pero ahora me doy cuenta de que nadie nos va a devolver el Queso de ayer. Ya es hora de encontrar Queso Nuevo.

-Pero ¿y si resulta que ahí fuera no hay ningún Queso? –replicó Hem-. Y aunque lo hubiera, ¿y si no lo encuentras?

-Pues no sé –contestó Haw.

Él también se había hecho esas mismas preguntas muchas veces y experimentó de nuevo los temores que le mantenían donde estaba.

IV

“¿Dónde tengo más probabilidades de encontrar Queso, aquí o en el laberinto?”, se preguntó a sí mismo.

Se hizo una imagen mental. Se vio a sí mismo aventurándose por el laberinto, con una sonrisa en la cara. Aunque esta imagen le sorprendió, lo cierto es que le hizo sentirse bien. Se imaginó perdiéndose de vez en cuando en el laberinto, pero experimentaba la suficiente seguridad en sí mismo de que encontraría finalmente Queso Nuevo y todas las cosas buenas que lo acompañaban. Así que, finalmente, hizo acopio de todo su valor. Luego, utilizó su imaginación para hacerse la imagen más verosímil que pudiera concebir, acompañada por los detalles más realistas, de sí mismo al encontrar y disfrutar con el sabor del Queso Nuevo.

Se imaginó comiendo sabroso queso suizo con agujeros, queso cheddar de brillante color anaranjado, quesos estadounidenses, mozzarella italiana, y el maravillosamente pastoso camembert francés, y…
Entonces oyó a Hem decir algo y tomó conciencia de hallarse todavía en el depósito de Queso Q.
-A veces, las cosas cambian y ya nunca más vuelven a ser como antes –dijo Haw-. Y esta parece ser una de esas ocasiones. ¡Así es la vida! Sigue adelante, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.
Haw miró a su demacrado compañero y trató de infundirle sentido común, pero el temor de Hem se transformó en cólera y no quiso escucharle.

Haw no tenía la intención de ser grosero con su amigo, pero no pudo evitar echarse a reír ante la estupidez de ambos. Mientras se preparaba para marcharse, empezó a sentirse más animado, sabiendo que finalmente había logrado reírse de sí mismo, dejar atrás el pasado y seguir adelante. Haw se echó a reír con fuerza y exclamó:

-¡Es hora de explorar el laberinto!

Hem no se rió ni dijo nada. Antes de partir, Haw tomó una piedra pequeña y afilada y escribió un pensamiento muy serio en la pared, para darle a Hem algo en lo que pensar. Tal como era su costumbre, trazó incluso un dibujo de queso alrededor, confiando en que eso le ayudara a Hem a sonreír, a tomarse la situación más a la ligera y seguirle en la búsqueda del Queso Nuevo. Pero Hem no quiso mirar el escrito, que decía: “Si no cambias, te puedes extinguir”

Luego, Haw asomó la cabeza por el agujero que habían abierto y miró ansioso hacia el laberinto. Pensó en cómo habían llegado a esta situación sin Queso. Durante un tiempo había creído que bien podría no haber nada de Queso en el laberinto, o que quizá no lo encontrara. Esas temerosas convicciones no hicieron sino inmovilizarlo y anularlo. Sonrió. Sabía que, interiormente, Hem seguía preguntándose: “¿Quién se ha llevado mi queso?”, pero Haw, en cambio, se preguntaba: “¿Por qué no me levanté antes y me moví con el Queso?”.

Al empezar a internarse en el laberinto, miró hacia atrás, en dirección al lugar de donde había venido y donde tantas satisfacciones había encontrado. Casi notaba como si una parte de sí mismo se sintiera atraída hacia atrás, al territorio que le resultaba familiar, a pesar de que ya hacía tiempo que no encontraba allí nada de Queso.

Haw se sintió más ansioso y se preguntó si realmente deseaba internarse en el laberinto. Escribió una frase en la pared, por delante de él, y se quedó mirándola fijamente durante un tiempo:
“¿Qué harías si no tuvieras miedo?

Pensó en ello. Sabía que, a veces, un poco de temor puede ser bueno. Cuando se teme que las cosas empeoren si no se hace algo, puede sentirse uno impulsado a la acción. Pero no es bueno sentir tanto miedo que le impida a uno hacer nada. Miró a la derecha, hacia la parte del laberinto donde nunca había estado, y sintió temor. Luego, inspiró profundamente, giró hacia la derecha y empezó a internarse en el laberinto, caminando lentamente en dirección a lo desconocido.

Mientras trataba de encontrar su camino, Haw pensó que quizá había esperado demasiado tiempo en el depósito de Queso Q. Hacía ya tantos días que no comía Queso que ahora se sentía débil. Como consecuencia de ello, le resultó más laborioso y complicado de lo habitual el abrirse paso por el laberinto. Decidió que, si volvía a tener la oportunidad, abandonaría antes su zona de comodidad y se adaptaría con mayor rapidez al cambio. Eso le facilitaría las cosas en el futuro. Luego, esbozó una suave sonrisa al tiempo que pensaba: “Más vale tarde que nunca”.

Durante algunos días fue encontrando un poco de Queso aquí y allá, pero nada que durase mucho tiempo. Había confiado en encontrar Queso suficiente para llevarle algo a Hem y animarlo a que lo acompañara en su exploración del laberinto. Pero Haw todavía no se sentía bastante seguro de sí mismo. Tenía que admitir que experimentaba confusión en el laberinto. Las cosas parecían haber cambiado desde la última vez que estuvo por allí fuera.

Justo cuando creía estar haciendo progresos, se encontraba perdido en los pasadizos. Parecía como si efectuara su progreso a base de avanzar dos pasos y retroceder uno. Era un verdadero desafío, pero debía reconocer que hallarse de nuevo en el laberinto, a la búsqueda del Queso, no era tan malo como en un principio le había parecido.

A medida que transcurría el tiempo, empezó a preguntarse si era realista por su parte confiar en encontrar Queso Nuevo. Se preguntó si acaso no abrigaba demasiadas esperanzas. Pero luego se echó a reír, al darse cuenta de que, por el momento, no tenía nada que perder.

Cada vez que se notaba desanimado, se recordaba a sí mismo que, en realidad, lo que estaba haciendo, por incómodo que fuese en ese momento, era mucho mejor que seguir en una situación sin Queso. Al menos ahora controlaba la situación, en lugar de dejarse llevar por las cosas que le sucedían.

Entonces se dijo a sí mismo que si Fisgón y Escurridizo habían sido capaces de seguir adelante, ¡también podía hacerlo él! Más tarde, al considerar todo lo ocurrido, comprendió que el Queso del depósito de Queso Q no había desaparecido de la noche a la mañana, como en otro tiempo creyera. Hacia el final, la cantidad de Queso que encontraban había ido disminuyendo y lo que quedaba se había vuelto rancio. Su sabor ya no era tan bueno.

Hasta era posible que en el Queso Viejo hubiera empezado a aparecer moho, aunque él no se hubiera dado cuenta. Debía admitir, no obstante, que si hubiese querido, probablemente habría podido imaginar lo que se le venía encima. Pero no lo había hecho. Ahora se daba cuenta de que, probablemente, el cambio no le habría pillado por sorpresa si se hubiese mantenido vigilante ante lo que ocurría y se hubiese anticipado al cambio. Quizá fuera eso lo que hicieron Fisgón y Escurridizo.

Decidió que, a partir de ahora, se mantendría mucho más alerta. Esperaría a que se produjese el cambio y saldría a su encuentro. Confiaría en su instinto básico para percibir cuándo se iba a producir el cambio y estaría preparado para adaptarse a él. Se detuvo para descansar y escribió en la pared del laberinto: “Olfatea el Queso con frecuencia para saber cuándo comienza a enmohecerse”

V

Algo más tarde, después de no haber encontrado Queso alguno durante lo que le parecía mucho tiempo, Haw se encontró finalmente con un enorme depósito de Queso que le pareció prometedor. Al entrar en él, sin embargo, se sintió muy decepcionado al descubrir que se hallaba completamente vacío.

“Esta sensación de vacío me ha ocurrido con demasiada frecuencia”, pensó. Y sintió deseos de abandonar la búsqueda. Poco a poco, perdía su fortaleza física. Sabía que estaba perdido y temía no poder sobrevivir. Pensó en darse media vuelta y regresar hacia el depósito de Queso Q. Al menos, si lograba llegar hasta ella y Hem seguía allí, no se sentiría tan solo. Entonces se hizo de nuevo la misma pregunta: “¿Qué haría si no tuviera miedo?”.

Haw creía haber dejado el miedo atrás, pero en realidad experimentaba miedo con mucha mayor frecuencia de lo que le gustaba tener que admitir, incluso para sus adentros. No siempre estaba seguro de saber de qué tenía miedo, pero, en el debilitado estado en que se hallaba, ahora ya sabía que se trataba, simplemente, de miedo a seguir solo. Haw no lo sabía, pero se retrasaba debido a que sus temerosas convicciones todavía pesaban demasiado sobre él.

Se preguntó si Hem se habría movido de donde estaba o si continuaba paralizado por sus propios temores. Entonces, recordó las ocasiones en que se sintió en su mejor forma en el laberinto. Eran precisamente aquellas en las que avanzaba. Consciente de que se trataba más de un recordatorio para sí mismo, antes que de un mensaje para Hem, escribió esperanzado lo siguiente en la pared:
El movimiento hacia una nueva dirección te ayuda a encontrar Queso Nuevo

Haw miró hacia el oscuro pasadizo y percibió el temor que sentía. ¿Qué habría allá delante? ¿Estaría vacío? O, lo que era peor, ¿le acechaban peligros ignotos? Empezó a imaginar todas las cosas aterradoras que podían ocurrirle. Él mismo se infundía un miedo mortal. Entonces, se echó a reír de sí mismo. Se dio cuenta de que sus temores no hacían sino empeorar las cosas. Así pues, hizo lo que haría si no tuviera miedo. Echó a caminar en una nueva dirección.

Al iniciar el descenso por el oscuro pasadizo, sonrió. Todavía no se daba cuenta, pero empezaba a descubrir qué era lo que nutría su alma. Se dejaba llevar y confiaba en lo que le esperaba más adelante, aunque no supiera exactamente qué era. Ante su sorpresa, Haw empezó a disfrutar cada vez más. “¿Cómo es posible que me sienta tan bien? –se preguntó-. No tengo Queso alguno y no sé a dónde voy.” Al cabo de poco tiempo, supo por qué se sentía bien. Se detuvo para escribir de nuevo sobre la pared: Cuando dejas atrás tus temores, te sientes libre

Haw se dio cuenta de que había permanecido prisionero de su propio temor. El hecho de moverse en una nueva dirección lo había liberado. Ahora notó la brisa fría que soplaba en esta parte del laberinto y que le refrescaba. Respiró profundamente y se sintió vigorizado por el movimiento. Una vez superado el miedo, resultó que podía disfrutar mucho más de lo que hubiera creído posible.

Haw no se sentía tan bien desde hacía mucho tiempo. Casi se le había olvidado lo muy divertido que podía ser lanzarse a la búsqueda de algo. Para mejorar aún más las cosas, empezó a formarse de nuevo una imagen en su mente. Se vio a sí mismo con gran detalle realista, sentado en medio de un montón de sus quesos favoritos, desde el cheddar hasta el brie. Se imaginó comiento tanto queso como quisiera y se regodeó con esa imagen. Luego, pensó en lo mucho que disfrutaría con estos exquisitos sabores.

Cuanto más claramente concebía la imagen de sí mismo disfrutando con el Queso Nuevo, tanto más real y verosímil se hacía ésta. Estaba seguro de que terminaría por encontrarlo.
Escribió entonces: Imaginarme disfrutando de Queso Nuevo antes incluso de encontrarlo me
conduce hacia él

Haw siguió pensando en lo que podía ganar, en lugar de detenerse a pensar en lo que perdía. Se preguntó por qué siempre le había parecido que un cambio le conduciría a algo peor. Ahora se daba cuenta de que el cambio podía conducir a algo mejor. “¿Por qué no me di cuenta antes?”, se preguntó a sí mismo. Luego, siguió caminando presuroso por el laberinto, infundido de nueva fortaleza y agilidad. Al cabo de poco tiempo distinguió un depósito de Queso y se sintió muy animado al observar pequeños trozos de Queso Nuevo cerca de la entrada.

Encontró tipos de Queso que nunca había visto con anterioridad, pero que ofrecían un aspecto magnífico. Los probó y le parecieron deliciosos. Se comió la mayor parte de los trozos de Queso Nuevo que encontró y se guardó unos pocos para comerlos más tarde y quizá compartirlos con Hem. Empezó a recuperar su fortaleza.

Entró en el depósito de Queso sintiéndose muy animado. Pero, para su consternación, descubrió que estaba vacía. Alguien más había estado ya allí, dejando sólo unos pocos trozos de Queso Nuevo. Llegó a la conclusión de que, si hubiera llegado antes, muy probablemente habría encontrado una buena provisión de Queso Nuevo. Decidió regresar para comprobar si Hem se animaba a unirse a él en la búsqueda de Queso Nuevo. Mientras volvía sobre sus pasos, se detuvo y escribió en la pared: Cuando más rápidamente te olvides del Queso Viejo, antes encontrarás el Queso Nuevo

Al cabo de un rato, Haw inició el regreso al depósito de Queso Q y encontró a Hem, a quien ofreció unos trozos de Queso Nuevo, que este rechazó. Hem apreció el gesto de su amigo, pero le dijo:

-No creo que me vaya a gustar el Queso Nuevo. No es a lo que estoy acostumbrado. Quiero que me devuelvan mi propio Queso, y no voy a cambiar hasta que no consiga lo que deseo.

Haw se limitó a sacudir la cabeza con pesar, decepcionado. Algo más tarde, de mala gana, volvió a marcharse solo. Mientras regresaba hasta el punto más alejado que había alcanzado en el laberinto, echó de menos a su amigo, pero esos pensamientos desaparecieron en cuanto se dio cuenta de lo mucho que le agradaba lo que estaba descubriendo. Antes incluso de encontrar lo que confiaba fuese una gran provisión de Queso Nuevo, si es que la encontraba alguna vez, ya sabía que no era únicamente el tener Queso lo que le hacía sentirse tan feliz.

Se sentía feliz por el simple hecho de no permitir que el temor dictaminara sus decisiones. Le gustaba lo que estaba haciendo ahora. Consciente de ello, Haw no se sintió tan débil como cuando estaba en el depósito de Queso Q, sin Queso. Experimentó la sensación de tener nuevas fuerzas por el simple hecho de saber que no iba a permitir que su temor le detuviera, y que había tomado una nueva dirección, alimentado por ese conocimiento.

Ahora, estaba convencido de que encontrar lo que necesitaba sólo era cuestión de tiempo. De hecho, tuvo la impresión de haber descubierto ya lo que andaba buscando. Sonrió al darse cuenta: Es más seguro buscar en el laberinto que permanecer en una situación sin Queso. Tal como le sucediera antes, comprendió que aquello de lo que se tiene miedo, nunca es tan malo como lo que uno se imagina. El temor que se acumula en la mente es mucho peor que la situación que existe en realidad.

VI

Al principio de su nueva búsqueda experimentó tanto miedo de no encontrar nunca Queso Nuevo que ni siquiera deseó empezar a buscarlo. Pero lo cierto es que, desde que iniciara su viaje, había encontrado en los pasadizos Queso suficiente para continuar la búsqueda. Ahora, esperaba con ilusión encontrar más. El simple hecho de mirar hacia delante ya resultaba estimulante.
Su antigua forma de pensar se había visto nublada por sus preocupaciones y temores. Antes solía pensar en no tener Queso suficiente o en que este no durase tanto como deseaba. Pensaba más en lo que pudiera salir mal que en lo que podía salir bien.

Pero eso cambió por completo desde que saliera por primera vez del depósito de Queso Q.
Antes pensaba que nunca deberían haberles cambiado el Queso de sitio y que ese cambio no era justo.
Ahora se daba cuenta de que era natural que el cambio se produjese continuamente, tanto si uno lo espera como si no. El cambio sólo le sorprende a uno si no lo espera ni cuenta con él.

Al comprender repentinamente que había cambiado sus convicciones, se detuvo para escribir en la pared: Las viejas convicciones no te conducen al Queso Nuevo

Haw no había encontrado aún Queso, pero mientras recorría el laberinto pensó en todo lo aprendido hasta entonces. Ahora comprendía que sus nuevas convicciones estaban favoreciendo la adopción de nuevos comportamientos. Se comportaba de modo muy diferente a como lo hacía cuando regresó al depósito sin Queso, en busca de Hem.

Sabía que, al cambiar las convicciones, también se cambia lo que se hace. Uno puede estar convencido de que un cambio le causará daño y resistirse por tanto al mismo; o bien puede creer que encontrar Queso Nuevo le ayudará, y entonces acepta el cambio. Todo depende de lo que uno prefiera creer. Así que escribió en la pared: “Al comprender que puedes encontrar Queso Nuevo y disfrutarlo, cambias el curso que sigues”

Haw sabía ahora que habría estado en mejor forma si hubiera afrontado el cambio mucho más rápidamente y abandonado antes el depósito de Queso Q. Se habría sentido más fuerte de cuerpo y espíritu y podría haber afrontado mucho mejor el desafío de encontrar Queso nuevo. De hecho, quizá ya lo habría encontrado a estas alturas si hubiese esperado el cambio y permanecido atento, en lugar de desperdiciar el tiempo negando que ese cambio ya se había producido.

Utilizó de nuevo su imaginación y se vio a sí mismo descubriendo y saboreando el Queso Nuevo. Decidió continuar por las zonas más desconocidas del laberinto y encontró pequeños trozos de queso aquí y allá. Haw empezó a recuperar su fortaleza y seguridad en sí mismo. Al pensar en el lugar del que procedía, se sintió contento de haber escrito frases en la pared, en tantos lugares diferentes de su andadura. Confiaba en que eso sirviera como una especie de sendero marcado que Hem pudiera seguir a través del laberinto, si es que alguna vez se decidía a abandonar el depósito de Queso Q.

Haw sólo confiaba en estar dirigiéndose en la dirección correcta. Pensó en la posibilidad de que Hem leyera las frases escritas en la pared y encontrara su camino. Escribió en la pared lo que venía pensando desde hacía algún tiempo: Observar pronto los pequeños cambios te ayuda a adaptarte a los grandes cambios por venir

Para entonces, Haw ya se había desprendido del pasado y se estaba adaptando con efectividad al presente. Continuó por el laberinto con mayor fortaleza y velocidad. Y, entonces, no tardó en suceder lo que tanto anhelaba. Cuando ya tenía la impresión de estar perdido en el laberinto desde hacía una eternidad, su viaje, o al menos esta parte del mismo, terminó felizmente y con sorprendente rapidez.

Haw siguió por un pasadizo que le resultaba nuevo, dobló una esquina y allí encontró el Queso Nuevo en el depósito de Queso N. Al entrar en ella, quedó asombrado ante lo que vio. Allí amontonado estaba el mayor surtido de Queso que hubiera visto jamás. No reconoció todos los que vio, ya que algunas clases eran nuevas para él.

Por un momento, se preguntó si se trataba de algo real o sólo era el producto de su imaginación, hasta que descubrió la presencia de sus viejos amigos Fisgón y Escurridizo. Fisgón le dio la bienvenida con un gesto de la cabeza, y Escurridizo hasta lo saludó con una de sus patas. Sus pequeños y gruesos vientres demostraban que ya llevaban allí desde hacía algún tiempo.

Haw los saludó con rapidez y pronto se dedicó a probar bocados de cada uno de sus Quesos favoritos. Se quitó las zapatillas de correr, les ató los cordones y se las colgó del cuello por si acaso las necesitaba de nuevo. Fisgón y Escurridizo se echaron a reír. Asintieron con gestos de cabeza, como muestra de admiración. Luego, Haw se lanzó hacia el Queso nuevo. Una vez que se hartó, levantó un trozo de Queso fresco e hizo un brindis.

-¡Viva el cambio!

Mientras disfrutaba del Queso nuevo, reflexionó sobre lo que había aprendido. Comprendió que en aquellos momentos en los que temía cambiar, no había hecho sino aferrarse a la ilusión de que el Queso Viejo ya no estaba allí. Entonces, ¿qué le había hecho cambiar? ¿Acaso el temor de morir de hambre? No pudo evitar una sonrisa al pensar que, en efecto, eso le había ayudado. Luego se echó a reír al darse cuenta de que había empezado a cambiar en cuanto aprendió a reírse de sí mismo y de todo lo que hacía mal. Comprendió que la forma más rápida de cambiar consistía en reírse de la propia estupidez, pues sólo así puede uno desprenderse de ella y seguir rápidamente su camino.

Era consciente de haber aprendido algo útil de sus amigos ratones, Fisgón y Escurridizo, algo importante sobre seguir adelante. Ellos procuraban que la vida fuese simple. No analizaban en exceso ni supercomplicaban las cosas. En cuanto cambió la situación y el Queso cambió de sitio, ellos también cambiaron y se trasladaron con el Queso. Eso era algo que nunca olvidaría.

Haw también había utilizado su maravilloso cerebro para hacer aquello que los liliputienses saber hacer mejor que los ratones. Se imaginó a sí mismo, con todo detalle realista, encontrando algo mejor…, mucho mejor. Reflexionó sobre los errores que había cometido en el pasado y los utilizó para planificar para el futuro. Ahora sabía que se puede aprender a afrontar el cambio.

Se puede ser más consciente de la necesidad de procurar que las cosas sean simples, de ser flexible y moverse con rapidez. No hay necesidad alguna de supercomplicar las cosas o de confundirse uno mismo con temerosas creencias. Hay que permanecer atento para detectar cuándo empiezan los pequeños cambios y estar así mejor preparado para el gran cambio que puede llegar a producirse.

Conocía ahora la necesidad de adaptarse con mayor rapidez, pues si uno no se adapta a tiempo, es muy posible que ya no pueda hacerlo. Debía admitir que el mayor inhibidor del cambio se encuentra dentro de uno mismo, y que nada puede mejorar mientras no cambie uno mismo. Y, quizá lo más importante, se dio cuenta de que siempre hay Queso nuevo ahí fuera, tanto si uno sabe reconocerlo a tiempo como si no. Y que uno se ve recompensado con él en cuanto se dejan atrás los temores y se disfruta con la aventura.

También sabía que es necesario respetar algunos temores, capaces de evitarle a uno el verdadero peligro. Pero ahora comprendía que la mayoría de sus temores eran irracionales y que le habían impedido cambiar cuando más lo necesitaba. En su momento no le gustó admitirlo, pero sabía que el cambio había resultado ser una bendición disfrazada, puesto que le condujo a encontrar un Queso mejor. Había descubierto incluso una mejor parte de sí mismo.

Al recordar todo lo aprendido, pensó en su amigo Hem. Se preguntó si habría leído algunas de las frases escritas en la pared del depósito Q y a lo largo de todo el camino seguido a través del laberinto. ¿Había tomado Hem la decisión de desprenderse del pasado y seguir adelante? ¿Había encontrado en el laberinto y descubierto que podía mejorar su vida? ¿O se encontraba todavía paralizado porque no quería cambiar?

Haw pensó en regresar al depósito de Queso Q, para ver si podía encontrar a Hem, confiando en su capacidad para regresar de nuevo hasta aquí. Pensó que si hablaba con Hem podría mostrarle cómo salir de la difícil situación en que se hallaba. Pero entonces comprendió que ya había intentado que su amigo cambiara.

Hem tendría que encontrar su propio camino, ir más allá de sus propias comodidades y temores. Eso era algo que nadie podría hacer por él, de lo que nadie podría convencerlo. De algún modo tenía que comprender la ventaja de cambiar por sí mismo.

Haw sabía que había dejado atrás un rastro para Hem, y que si éste quería, encontraría el camino limitándose a leer las frases escritas en la pared. Se acercó ahora a la pared más grande del depósito de Queso N y escribió un resumen de todo lo aprendido. Dibujó primero un gran trozo de queso y en su interior escribió las frases. Luego, al repasar lo escrito, sonrió:

“El cambio ocurre” “El Queso no cesa de moverse” “Anticípate al cambio” “Prepárate para cuando se mueva el Queso” “Controla el cambio” “Olfatea el Queso con frecuencia para saber cuándo se vuelve rancio” “Adáptate al cambio con rapidez” “Cuando más rápidamente te olvides del Queso Viejo, antes podrás disfrutar del Queso Nuevo” “Cambia” “Muévete con el Queso” “¡Disfruta del cambio!” “Saborea la aventura y disfruta del sabor del Queso Nuevo” “Prepárate para cambiar con rapidez y para disfrutarlo una y otra vez” “El Queso no cesa de moverse”

Haw comprendió lo lejos que había llegado desde la última vez que estuviera con Hem, en el depósito de Queso Q, pero sabía que le resultaría muy fácil volver atrás si se dormía en los laureles. Así que cada día inspeccionaba con atención el depósito de Queso N, para comprobar en qué estado se encontraba su Queso. Estaba dispuesto a hacer todo lo que pudiera para evitar verse sorprendido por cambio inesperado.

Aunque disponía de un gran suministro de Queso, realizó frecuentes salidas por el laberinto, dedicándose a explorar zonas nuevas, para mantenerse en contacto con lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sabía que era mucho más seguro conocer lo mejor posible las verdaderas alternativas de que disponía, antes que aislarse en su zona de comodidad.

En una de tales ocasiones, escuchó lo que le pareció fue el sonido de un movimiento allá al fondo, en los recovecos del laberinto. A medida que el sonido se hizo más intenso, se dio cuenta de que se acercaba alguien. ¿Podía ser Hem, que llegaba? ¿Estaría a punto de doblar la esquina más cercana? Haw rezó una breve plegaria para sus adentros y se limitó a confiar, como tantas veces hiciera últimamente, en que quizá, por fin, su amigo fuera finalmente capaz de… ¡Moverse con el Queso y disfrutarlo!

Fin

El Caballero de la Armadura Oxidada. El desenlace: La Cima de la Verdad.

Centímetro a centímetro, palmo a palmo, el caballero escaló, con los dedos ensangrentados por tener que aferrarse a las afiliadas rocas. Cuando ya casi había llegado a la cima, se encontró con un canto rodado que bloqueaba su camino. Como era ya de costumbre, había una inscripción sobre él: “aunque este universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido”

El caballero se sentía demasiado exhausto para superar el último obstáculo. Parecía imposible descifrar la inscripción y estar colgado de la pared de la montaña al mismo tiempo, sin embargo, acababa de darse cuenta de que la única pieza que aún quedaba de su armadura era la pechera, así que sabía que debía de intentarlo.

Ardilla y Rebeca se sintieron tentadas de ayudarle, pero se contuvieron, pues sabían que a veces la ayuda puede debilitar a un ser humano.

El caballero inspiró profundamente, lo que le aclaró un poco la mente. Leyó la última parte de la inscripción en voz alta: “Pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido”
El caballero reflexionó sobre algunas de las cosas “conocidas” a las que se había aferrado durante toda su vida. Estaba su identidad (quién creía que era y que no era), estaban sus creencias (aquello que él pensaba que era verdad y lo que consideraba falso) y estaban sus juicios (las cosas que tenía por buenas y aquellas que consideraba malas).

El caballero observó la roca y un pensamiento terrible cruzó por su mente: también conocía la roca a la cual se aferraba para seguir con vida ¿Quería decir la inscripción que debía soltarse y dejarse caer al abismo de lo desconocido?

+Lo has cogido, caballero -.dijo Sam.- Si quieres deshacerte del último pedazo de armadura, tienes que soltarte y dejarte llevar.

-¿Qué intentas hacer, matarnos a los dos? -.Gritó el caballero.

+De hecho, ya estamos muriendo ahora mismo -.Dijo Sam.- Mírate. Estás tan delgado que podrías deslizarte por debajo de una puerta, helado como el culo de un pocero y lleno de estrés y miedo.

-No estoy tan asustado como antes -.Dijo el caballero.

+Si es así, déjate ir y confía -.Dijo Sam

-¿Qué confíe en quién? -.replicó el caballero enfadado. Estaba harto de la filosofía de Sam.

+No es en quien -.respondió Sam.- ¡No es un quién sino un qué!

-¿Un qué? -.Preguntó el caballero.

+Sí -.apuntilló Sam.- La vida, la fuerza, el Ania Chakra, el universo, Dios o como quieras llamarlo.

El caballero miró por encima de su hombro y vio el abismo aparentemente infinito que había debajo de él, se perdía entre la bruma y los riscos de la montaña.

+Déjate ir -.le susurró Sam con urgencia.

El caballero no parecía tener otra alternativa. Perdía fuerza en cada segundo que pasaba y la sangre brotaba de sus dedos allí donde se aferraban a la pared de la roca. Pensando que moriría, se dejó ir y se precipitó al abismo, a la profundidad infinita de sus recuerdos.

Mientras caía, recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. A medida que caía en el vacío, fue despidiéndose de todos los juicios que había hecho contra ellos.

Fue cayendo cada vez más rápidamente, vertiginosamente, mientras su mente descendía hacia su corazón. Luego, por primera vez en su vida, contempló con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda la responsabilidad por su vida, por la influencia que la gente tenía sobre ella, y por los acontecimientos que le habían dado forma.

A partir de ese momento, fuera de sí mismo, nunca más culparía a nada ni a nadie de todos los errores y desgracias. El reconocimiento de que él era la causa, no el efecto, le dio una nueva sensación cálida de poder. Ya no tenía miedo, todo dependía de él.

Le sobrevino una desconocida sensación de calma y algo muy extraño le comenzó a suceder: ¡Empezó a caer hacia arriba! Sí, parecía imposible per la Cima de la Verdad le hacía caer hacia arriba, surgiendo del abismo. Al mismo tiempo, se seguía sintiendo conectado con lo más profundo de él, con el centro de La Tierra.

Repentinamente, el caballero terminó posado en la cima de la montaña y al fin comprendió el significado de la inscripción de la roca. Había soltado todo aquello que había temido y todo aquello que había sabido y poseído. Su voluntad de abarcar lo desconocido le había liberado. Ahora el universo era suyo, para ser experimentado y disfrutado.

El caballero permaneció en la cima, respirando el aire fresco que venía del norte y le sobrevino una sobrecogedora sensación de bienestar. Se sintió algo mareado por el encantamiento de ver, oír y sentir el universo que le rodeaba en toda su gloria. Antes, el temor a lo desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza que pintaban el paisaje. Todas estas cosas causaron un placer indescriptible en el caballero. Su corazón rebosaba amor: por si mismo, Julieta y Cristóbal. Por Merlín, Ardilla y Rebeca, por la vida y todo lo que la contiene.

“Casi muero por todas las lágrimas que nunca derramé”, pensó. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su corazón, estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en desquebrajar lo que quedaba de su oxidada armadura.

El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte cuando se iba a las cruzadas.

Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz como la de los lomos de un arroyo, resplandeciente como la luna y deslumbrante como el sol.

Porque ahora el caballero era el arroyo, era la luna, era el sol. Podía ser todas las cosas a la vez, y más porque era uno con el universo, era amor y estaba listo para regresar con su familia y ser bueno, generoso y amoroso.

FIN